La vitivinicultura en la Recoleta Dominica en el siglo XIX

Instrumentos utilizados en vitivinicultura y métodos de conducción de la vid, hacia 1840.

En los terrenos del convento, los religiosos producían vinos que incluso circularon en el mercado. Una colección de libros fue la clave que situó a los dominicos a la vanguardia de la industria vinífera local.

La vitivinicultura llegó al continente americano de la mano de los conquistadores españoles y de la Iglesia católica, que necesitaba el vino para celebrar la misa. En Chile, los europeos encontraron un terreno particularmente fértil para el cultivo de las viñas, y durante toda la época colonial se produjo vino tanto para el consumo local como para la venta en los mercados regionales.

Con la independencia, el país se abrió a la influencia de ideas y costumbres extranjeras. El acceso a nuevos mercados trajo consigo nuevos hábitos de consumo que las élites locales se apuraron en imitar. A medida que avanzaba el siglo, el vino francés fue desplazando los mostos criollos, y los vitivinicultores intentaron adecuarse al nuevo gusto. Para ello adoptaron las cepas provenientes de Europa, copiaron las técnicas y los nombres de los productos foráneos, y abandonaron poco a poco la práctica vinífera tradicional. Así fue quedando relegada la producción de bebidas típicas como la chicha y el chacolí, y de aguardiente destilado a la antigua usanza. 

A fines del siglo XIX, junto con una oleada de literatura especializada europea, llegó al país un contingente de técnicos franceses que habían quedado sin trabajo debido a la propagación de la plaga de la filoxera en el Viejo Continente. Su influencia resultó decisiva e impulsó a algunos chilenos pioneros a apostar por la importación de nuevas cepas. Sin embargo, frente a estos cambios también subsistieron focos de resistencia, auténticos “bolsones” al interior del territorio que se empeñaron en preservar las tradiciones. Gracias a ellos, hasta el día de hoy se continúa produciendo chacolí en Doñihue, chicha en La Estrella o aguardiente artesanal en Marchigüe. 

Los vinos del convento

El Convento de la Recoleta Dominica fue un testigo clave de este complejo proceso de transformación de la vitivinicultura que se vivió en Chile a lo largo del siglo XIX. Sus terrenos albergaron un complejo productivo que incluía viñas y una bodega, donde los dominicos elaboraban distintos tipos de bebidas que incluso comercializaban en el mercado local. 

El estudio de los libros de cuentas del convento ha permitido reconstruir las prácticas viníferas de las haciendas dependientes de la Recoleta Dominica y comprender el papel que desempeñó la vitivinicultura en la economía conventual. Sus establecimientos producían vino, aguardiente, chicha y chacolí; empleaban trabajadores especializados tales como podadores y toneleros; y aportaban recursos nada despreciables al caudal de la orden.

Pero el convento contaba también con una extraordinaria biblioteca, donde los libros sobre materias vitivinícolas ocuparon un lugar privilegiado. Por medio de estas obras, los religiosos tuvieron acceso a un vasto conocimiento teórico-práctico de la actividad vinífera y pudieron mantenerse al tanto de las últimas innovaciones de la industria, muchas de las cuales implementaron en sus haciendas. 

La colección –una de las más completas y antiguas de manuales de vitivinicultura que existe en Chile– se conserva actualmente en la Biblioteca Patrimonial Recoleta Dominica y constituye una fuente documental de enorme valor para el público interesado en el tema.


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